ESPIRITUALISMO Y POSITIVISMO EN MIGUEL CANÉ

 

Enriqueta Morillas Ventura – Universidad Nacional del Comahue

 

 

a.En defensa del espíritu

 

Los Ensayos de Miguel Cané, compilados y editados por su autor en 1887[1], reúnen páginas diversas compuestas en diferentes momentos, guiados por circunstancias distintas. Si bien el autor se refiere a ellos como a “esos tristes hijos de mi espíritu”,también deja constancia del “sentimiento íntimo” quelo determinó a darlos a la imprenta: la necesidad de plasmar y desarrollar la literatura nacional, carente de todo estímulo oficial.

Nos cuenta que dos años atrás, en diálogo con Ricardo Gutiérrez en París, admirados del movimiento artístico e intelectual europeo, ambos se comprometieron a editar las poesías del primero y “estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efímera de un diario”, como los caracteriza Miguel Gané[2]:

 

Desde luego, no hay plan ninguno ni hilación entre ellos. Una lectura, una impresión, un recuerdo o una esperanza, he ahí de donde han salido, incompletos, desaliñados, sin soñar jamás en el honor de verse encuadernados. Sin embargo, los he conservado en su primera forma, con la conciencia de que es defectuosa y esto por dos razones: la primera, por un deber de lealtad para com ellos y la segunda, porque, aquí, entre nosotros, creo sinceramente que la primera forma es la mejor.[3]

 

Por nuestra parte, no podemos dejar escapar la ponderación de lo literario, la íntima necesidad de que aflore y se expanda, unida su expresión a la convicción de que debe obtenerse y ampliarse un espacio importante para las manifestaciones de la inteligencia, del arte y de los espíritus superiores que el autor admira y venera.

Más allá del poco mérito atribuído a sus escritos, late en ellos el deseo de robustecer ese ámbito que ve claramente como soporte generador de las inclinaciones a las letras. La sorpresa viene después, al examinar el que llama “volumen insignificante”. Para nosotros, que estudiamos lo que éste alberga, tiene el valor de una pieza literaria insoslayable para reconstruir la historia de este período de nuestra literatura. El libro de Cané, con su dispersión y materiales diversos tiene, por de pronto, la virtud de remozar la evidencia de un espiritualismo que se aparta del positivismo que normalmente se ha atribuído a la generación del 80’, apareciendo en los manuales y textos de Historia de la Literatura Argentina de manera hegemónica.

Con esto no queremos echar abajo la valoración de los historiadores de nuestra literatura completamente, sino mostrar aspectos soslayados en su configuración, la cual manifiesta contrastes dignos de ser tenidos en cuenta. Estos contrastes afectan al núcleo de nuestra investigación, pues habiendo partido de la consideración de una literatura del 80’ más amplia y menos hegemónica que la que había recibido la designación de generación del 80’, encontramos fisuras mayores. No sólo existe un corpus no considerado o apenas tenido en cuenta en la producción de estos años, sino que además en él se contradicen los aspectos generalizantes atribuídos al reinado del positivismo, del realismo y del naturalismo finiseculares.

Desde su primer artículo, que titula Positivismo, Miguel Cané se muestra cáustico y desolado por el giro que toman los nuevos tiempos, en los cuales el arte y las bellas letras van a parar a la trastienda de las bolsas, de los negocios, irremisiblemente desvalorizados por la sociedad mercachiflada. En ella pulula una “turba de corredores y prestamistas”, dada a negar y a ignorar “todo lo bueno, lo noble y generoso” que dió nacimiento a un joven pueblo lleno de vitalidad:

 

Nuetros padres eran soldados, poetas y artistas. Nosotros somos tenderos, mercachifles y agiotistas.[4]

 

Cané discurre sobre el asunto de manera explícita, sin ahorrar la expresión crítica ni la expresión del dolor porque en nombre de la verdad y de la ciencia la sociedad ha echado alegremente por la ventana las verdades bíblicas, la tradición clásica, las obras mayores de la literatura universal, el genio poético y artístico, el idealismo, la metafísica y cuanto tenga que ver con las más altas expresiones del espíritu. A la manera de una crónica, el texto de Cané ataca de manera directa a un abogado amigo suyo, cuya doblez de pensamiento ataca y muestra como un crimen. En voz baja y a cubierto de las miradas en un salón de moda, el amigo menciona la lectura de Esquilo y Prometeo; en alta voz, ya puede mencionar la fisiología, que sí goza de la legalidad social y ideológica necesaria como para ser nombrada sin temor.

 

Te acuerdas cuando hablabas de la inmortalidad del alma, de Dios, de la creación y del Universo? Con qué gusto te iba a oir, fastidiado de las sombras y penumbras, de los planos e intersecciones, de las elipses y asímpdotas de la geometría ana lítica y, sobre todo, de las fórmulas de mecánica; el rostro se te iluminaba y hablabas con altura, con una nobleza digna de Leibnitz ó Reid en su cátedra – enseñabas, pero en la enseñanza misma se trasluzía tu espíritu generoso e idólatra de lo bello (...)[5]

 

Así, pues, la caída de los valores del espíritu y su reemplazo por los de un utilitarismo excludente cierra las mentes y los corazones. El Hamletde Shakeaspeare no es útil a los fines de los que decididamente atropellan el esplendor de la duda para ensalzar los mecanismos procesales que enseñan a entablar demandas y acciones legales. Cané se muestra lapidario:

 

Un bruto... bruto, es perdonable, porque a nadie se le ocurre pedir higos chumbos al saucepero un bruto... por conveniencia, merece la horca[6]

 

Termina con una invocación al Cristo, deseando que vuelvan los tiempos en los cuales andaba sobre la tierra, con la esperanza que tomen los días serenos de la reacción que no ha de tardar en producirse.[7]

Precisamente, son esta serenidad y esa esperanza las que le permiten abordar en estos textos aspectos soslayados o preteridos por el ya denunciado positivismo mercachiflado, la necesidad de rescatar el legado cultural y nutrir el espíritu y la fe desfallecidos. En “Viejo tema”, vuelve a anteponer idealismo a positivismo, alegando que no se trata de la defensa del viejo soñador romántico desasido del trabajo y de las realidades materiales la que esgrime. Tampoco el imperio de la enseñanza de los clásicos, cuyos autores vivieron en un mundo muy diferente al actual. Cané no cree en argumentos tales como los que atribuye a un comerciante ilustrado:

 

Decía que la enseñanza de los clásicos influía poderosamente en las tendencias morales de la juventud; que el imperio continuo de la excitación intelectual en la antigüedad, mal podía avenirse con el espíritu eminentemente práctico y positivista de nustra época. Que de esa completa desarmonía entre el pensamiento y el medio en que se desarrolla, nacían los mayores cataclismos sociales y el aniquilamiento del nervio y fuerza de acción, necesarios para la vida vigorosa de nuestro tiempo.[8]

 

Estos argumentos se le aparecen falaces; para Cané la verdadera inspiración, la poesía verdadera vive eternamente en el alma. Tiene la capacidad de crear, de concentrar “...el mundo, el espacio, los cielos y todo lo creado en una idea, envuelta en armoniosa frase musical”[9]

 

b.    El rigor de la poesía

 

En este sentido opone a Platón, Homero y Virgilio al Balzac leído eu su tiempo cuyostrabajos se le muestran arduos, pero que logra a base de violentar la naturaleza y el espíritu, Se le aparece híbrido, no reúne la calidad de la creación poética que brota directamente de la inspiración. Hay nostalgia de Anacreón y de Bocaccio en Cané, de la pureza poética que el eclecticismo opaca y relega. Estima que los clásicos llegan a nuestro país deformados – nos [los] hacen traducir sin comprenderlos –, y formula una dura crítica a nuestras escuelas donde se los vela, haciéndoselos aparecer como extravagantes, en lugar de promover por su lectura ideas utópicas de buen gobierno y aun de sociabilidad.

Esta crítica se convierte en denuncia: Balzac puede citarse en publico sin peligro, porque la orientación mercantilista de la sociedad gana terreno soslayando, ocultando, deformando la verdad poética, hundida como está “en el más compacto materialismo”.

Se trata, en verdad, de un viejo renovado tema, pues aún hoy persiste la misma tendencia. Para muchos lectores, enfrentarse con un texto clásico supone un verdadero desafío, un camino plagado de obstáculos, ya que el fetichismo de la modernización actúa velando su lectura. La publicidad y las políticas culturales no han hecho lo suficiente por la renovación de esas lecturas como tampoco de la comprensión de la inspiración poética. No ha existido a lo largo del siglo XX una actitud hacia lo clásico capaz de despojarse de aquel materialismo implícito en el proyecto modemizador del 80.

En la postura intelectual de Cané, el espiritualismo y los clásicos, lo religioso y la palabra de los textos poéticos consagran una idealidad continua y verdadera. El afán delucro y el mercantilismo se le oponen y la desvirtúan, pese a que se trata de una identidad no reñida con el bien hacer, al dar una vuelta de tuerca perversa que coloca lo material por encima de los valores permanentes.

 

c.   La música y el éter de los antiguos

 

Para Miguel Gané en el arte antiguo se religan el espíritu, el alma, la belleza y la armonía. En la Edad Media, el misticismo desdeña el mundo extermo y se vuelve hacia las profundidades del alma; pero en ambas épocas “el artista no hacía más que reproducir en el lienzo o en la piedra el sentimiento general de la sooiedad en que vivía”. Otro tanto ha de ocurrir con el Renacimiento, en el cual se expresa como “un torrente de ideas de un mismo origen y tendentes a un mismo fin”.[10]El arte ocupa en estas épocas de uniformidad de pensamiento, un sitio culminante en el movimiento intelectual. Es comprendido, compartido, necesitado por todos.

La fe se eclipsa en los tiempos posteriores. La controversia alcanza también las aspiraciones y las creencias:

 

Empieza el hombrea no creer más que en sí mismo y la fe, esa inspiración continua de los grandes artistas del Renacimiento, va desapariciendo perdida en los infinitos días de la historia como una vaga luz en medio de los mares.[11]

 

Los tiempos en que le toca vivir son, en cambio, de desesperanza, cada vez más alejados del cielo; se expresan en un canto a las pasiones humanas y a las miserias de la vida. En las obras de Balzac y en las de Dickens “el espíritu se siente oprimido y el corazón desfallece”. Le queda solamente la música, la única que puede salvarse del utilitarismo que “penetra en todas partes como el éter de los antiguos”. Sólo ella puede transmitir lo o sublime liberada de la grosera materia, que el positivismo moderno introduce en las obras de arte y en la palabra misma, donde el cálculo gobierna hasta “las simpatías y los íntimos y misteriosos amores.”[12]

 

d.  El canto de la sirena

 

Estas consideraciones se repiten en “Si Jeunesse savait!: He crecido leyendo libros tan bellos como claros: mi espíritu se ha enamorado de la luz y vive en el horror de las tiniebla.”, se lamenta, sintiéndose a oscuras y padeciendo la contradicción de su naturaleza consigo misma. Este es el primer relato de 1872, año en que aparecen fechados los textos que comentamos. También lo son El canto de la sirena, Nessun maggior dolor... La africana y Jorge Travel.

Pero es sin duda El canto de la sirena el más logrado. En este cuento fantástico, el autor vierte, otorgándole tensión narrativa, el caudal de reflexiones de sus Ensayos, transfigurándolos para investir a sus personajes y elaborar la trama. Daniel, el protagonista, nos relata su amistad con Broth, distinguido discípulo de Platón, que sobresale precisamente en los estudios que requieren de sobrehumana penetración. Luego de dedicar diez horas seguidas a la mecánica racional, el cansancio vence a Daniel. Siguiendo un inveterado hábito, elde leer alguno que otro libro para llamar al sueño, elige al azar: las obras de Edgar Allan Poe, recién recibidas, y su vista se detiene en el epígrafe siguiente: Qué canción cantaban las sirenas? Qué nombre tomó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres? Cuestiones difíciles en verdad, pero no más allá de toda investigación”[13]

Daniel pondera esta síntesis de “una poderosa facultad analítica. unida a una decisión inquebrantable”. Como una revelación, ella ha de actuar en Broth A las observaciones de Daniel de que Poe no expresa sino una verdad poética, que tiene que ver con el ensueño y la fantasia, ha de responderle:

 

Es un error, Daniel (...) en el fondo de toda leyenda, de toda tradición, hay siempre una base de invariable verdad. La leyenda es como la madre tierra: quita las capas de arcilla, greda y aun calcárea y encontrarás la base granítica. El espíritu humano, que vive del universo, no piede crear más de lo que existe. Los pintores representan toda la naturaleza y lo que es posible ver, por lo menos, en principio; el poeta, ese pintor aéreo, no puede encontrar en un algo que no existe en él, las inspiraciones de su obra.[14]

 

De nada valen las observaciones de Daniel. Le recuerda que para Platón, su maestro, una teoría necesita ser sometida al análisis de todas sus consecuencias. Broth aparece arrebatado, presa de sobreexcitación nerviosa. Más allá de las adulteraciones de la leyenda, ésta traduce una verdad. La materia cambia constantemente por las fuerzas de la naturaleza, mientras que el espíritu permanece “girando sobre si mismo. ya opaco, ya brillante”. Los argumentos de Daniel son refutados uno trás otro: la explicación racional de que las sirenas son fruto de la fantasía de la creación poética , habiendo adquirido forma en la soledad de los mares, pero nunca han existido, pues se halla fuera de toda ley de la naturaleza la existencia de seres híbridos, es rechazada. Nada puede probar que en edades remotas, situadas fuera de la historia, hayan existido en conjunción con los rayos de sol en sus orígenes, opina Broth para espanto de Daniel.

Al finalizar el colegio, Broth ha de entregarse por entero a su violocello y a la música, aislado completamente de toda sociedad que no frecuentaba. y del trabajo, pues vivía de una módica renta heredada. Su cuerpo experimenta las transformaciones de la vejez, sus ojos adquieren para Daniel, su único amigo, un brillo desmesurado, febriciente. Sus reuniones no tocaban temas propios del torbellino social: cuidadosamente, Daniel retoma sus diálogosde los tiempos de estudio, en los que prevalece la meditación, la serenidad, la filosofía, las ciencias naturales y los últimos descubrimientos.

Estas visitas de Daniel son presentadas como correspondientes a un tiempo anterior, son de retorno, pues advierte que su amigo se ha alejado completamente del mundo. Pronto recibe la nota de despedida de Broth: Daniel: has sido mi único amigo: “Nada aun! Parto, pero no desesperado: encontraré!”

Los amigos no han de verse a partir de este momento, hasta el final de la historia quince años más tarde, en el manicomio. Dice Daniel:

 

Broth era el homhre que más había admirado en la tierra; tenía para mi una aureola de genio sobrehumano, que hasta en mis sueños creía ver. Su magnífica inteligencia, aplicada a un solo objeto fantástico – averiguar cual fue el canto de las sirenas - me había hecho una impresión terrible, que no podía borrar de mi alma.

Poco a poco, el recuerdo de Broth se fue convirtiendo en una de esas confusas reminicencias que se consenvan de la lecluta de un cuento de Hoffman allá en la infancia. – Seguí en torrente de la vida y el nombre de Broth quedó en mi memoria débilmente iluminado por el carino de mi corazón.[15]

 

Daniel, protagonista, testigo y narrador, ha de asistir a la transformación operada en su amigo más admirado. La rareza, la soledad, el aislamiento, favorecen el clima de los estudios y de las conversaciones en procura de mayor conocimiento: se dirige hacia la búsqueda de la verdad de las ciencias naturales, humanas y espirituales. Su meta, expresada tantas veces es la armonía alcanzada en las edades clásicas y hasta visualizada en la sociedad uniforme del medioevo, no parece poder alcanzarse en los tiempos en que el utilitarismo echa al olvido siglos de experiencia humana y cultural. Con su inversión de las jerarquías agrede al escritor y al artista, quien debe atravesar el torrente de la vida soportando su avasalladora conformación de una mentalidad anti-intelectual.

Negar el espacio para el pensamiento, la reflexión y a creación, negar los altos valores del espíritu y el idealismo que fortalece las mentes y los corazones, dirigiendo las actividades humanas, se le aparece como un crimen, una desviación de los objetivos humanos de buscar la verdad y la belleza. Que en nombre de la verdad y de la ciencia sean soslayados, aplastados y ocultos como una marca vergonzante que inhibe a los hombres de negocios y al mercantilismo, constituye una aberración cuyas consecuencias lo enervan y su escritura quiere rescatar con denuedo los bienes perdidos. El resto de los textos de 1872 corrobora estos asertos, pues su refleción sobre la cultura y su historia torna una otra vez a manifestarlos.

Pero en el relato que comentamos, la inspiración de Poe actúa sobre su lúcido amigo y nada puede su inteligencia contra la locura que se despierta en él y lo lleva al ensimismamiento. La música, única arte incontaminada por el utilitarismo, nada puede contra la locura de Broth, quien ha de buscar el canto de las sirenas hasta perder el juicio, como ocurría con los marineros de la epopeya clásica. Broth carece de sustento racional a partir de la lectura del epígrafe de Poe, convirtiendo sus dias en una infinita investigación humanasobre el misterio sobrehumano. Lo que se narra, en realidad, es el despertar de este genio que Daniel percibe en Broth. En su recuerdo, este se le aparece como un personaje de Hoffmann.

Manteniendo las distancias, el narrador de la historia no puede rescatar a su amigo de una busca que supone el traspaso de una frontera infranqueable para la humana condición. El idealismo que Cané quiere remozar se sustenta en bases racionales y en una sólida reflexión sobre la historia y el arte. El rechazo del positivismo no lo hace optar por la irracionalidad romántica y lo preserva del error de investigar los misterios del más allá. Daniel convierte a Broth en la víctima habitual de los cuentos fantásticos, fascinado por el influjo irracional que lo sustrae del mundo, el trabajo, la sociedad, alejándolo de la inspiración platónica con la cual nutría sus apetencias espirituales. Su trayectoria hacia la locura no produce en el narrador otra cosa que estupor, espanto y melancolía.

La matriz racional del texto realista alberga el relato fantástico que tiene como centro a Broth y al canto de las sirenas. Pero no por ello el lector deja de experimentar su impacto, su belleza, aun cuando su incertidumbre se vea refrenada por la racionalidad del narrador de la historia.



[1] Miguel Cané, Ensayos, Buenos Aires: Imprenta de la Tribuna, calle de la Victoria Nº 37

[2] Ibíd., Dos palabras, prólogo a la edición, pags. 3-7.

[3] Ibíd., pag. 7.

[4] Ibíd., Positivismo, pag. 10.

[5] Ibíd., p. 13.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd., El artículo parece fechado en 1872.

[8] Ob. Cit., “Viejo tema”, pag. 22.

[9] Ibíd., pag. 24.

[10] “Música”, ob. cit., pags. 25-27.

[11] Ibíd., pag. 27.

[12] Ibíd., pags. 29-30.

[13] El canto de la sirena, ob. cit., pag. 40.

[14] Ibid., pag.42.

[15] Ibíd., pag.46.